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La sociedad del señor cura y la argentina

—Luisín, Licio, ah, sí, fueron niños de mi parroquia, buenos trastos que eran… Me traían algunas veces picopájaro de la huerta, una buena mata para mis canarios. Les charlaba entonces de las buenas obras que los niños cristianos hacen para ganar el cielo. Pero eran trompicones y zangaleros los muchachos, que se despistaban de mi sermón al poco rato y se ponían a imitar el cantarcillo de mis criaturas. La verdad es que era llamativo el plumaje y canto de mis tenores, dos canarios de la mejor altura, criados por mi mano… Ay tiempos, uno se va olvidando de todo…

Luisín era de color rojo como un cangrejo, andaba siempre echado para adelante, un poco desequilibrado. Fue él quien me trajo a aquella mujer a mi rectoría, el origen del mayor escándalo que vivió este pueblo de Dios.

Una vez, a la atardecida, se presentó en mi casa Luisín con una chica guapa y rebollona, argentina para más señas. Me contó que se habían conocido ese mismo día, que ella hacía autostop (y me tuvo que explicar qué era eso, al ver que me santiguaba). No tenía dónde pasar la noche, era peligroso que anduviera sola (peligroso para los hombres, pensé yo), así que me dejé convencer para que la porteña durmiese en la habitación de invitados. Pedí a Rosa que le prepara la cama, cuando terminara de arreglarme la cena.

Compartimos ese humilde refrigerio que Dios tiene en su generosidad servirme por la mano de Rosa, la pobre manca. (Dios siempre encuentra un medio para que todos le seamos útiles, incluidos los bobos, los niños huérfanos y los tullidos, todos hasta los pecadores como yo somos santificados por el servicio a Dios). Después de cenar, rezamos unas oraciones y nos despedimos a descansar, cada cual a su cobija. Antes, le impuse las manos, y le di un beso en la frente a aquella esmeralda de mujer, a aquel divino pimpollo de luz, ay…, aquel ramito de olor a hembra…

Dime, ahora, de verdad, cómo la conociste, cuéntamelo todo, dime cómo os hicisteis amigos… Luisín. —Lo llamé, al día siguiente, en cuanto me lo encontré por la calle, lo apremié a que fuera a confesión.

Don Illán, mire, yo iba en bici al pueblo de mi abuela, y de pronto, era después de comer, en la siesta, ¡pues allí apareció a un lado de la carretera!

—Llevaba ese pantalón corto y esa camiseta rota, y parecía una diosa desnuda... una ramera, la que tentó a san Antonio en el desierto...

—No sé qué es eso, padre, pero me daba miedo y me atraía mucho… padre…

—¿Y tú te dirigiste a ella primero?           

—No, don Illán. Fue ella quien me hizo seña de parar, y me dijo tenía mucha calor y cansancio. La llevé al río.

—¿A la mocita? ¿Sin preguntarle nada, si era señora o era demonio?…

—No, padre. Estaba flotando de gozo, presintiendo lo que vería…

—¡La gloria de Dios bendita, hijo! ¿La viste desnuda, pedazo de pecador, hijo?

Rosa era una mujer celosa, fue difundiendo que yo la iba a despedir por una pelandusca argentina.

¿Pero de verdad hubo sacramento conyugal? —Ante la malicia de mis paisanos respondía ella, decorosamente:

—¡Anda, qué pregunta! ¡Cómo lo voy a saber! Los dos se bebieron una botella de vino y se tomaron la cena que preparé para él y casi delante de mis ojos, sin ninguna vergüenza, se besaron.

(Relato perteneciente a “El taxidermista y otros del estilo”)

 

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