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Música en vivo

Regalar al mundo un alma en un gesto, en la vibración de una cuerda; regalar un ruiseñor insomne que pueble de fantasía la hora de los sueños; serenar el alma del que pasa sin que el paseante perciba de qué aire, de qué madera canora le llegó el consuelo; dulcificar la pena con una sonrisa maternal al que se sienta en un banco pensativo, amenazado, triste, y entregarle un arpegio nunca escuchado en el que diluya su dolor como un azucarillo en el café solo, solo y negro; robarle a las hojas de los árboles y a las nubes del parque el sagrado número de la esperanza para dárselo con dulzura al viandante que mueve los labios hablando con no sé qué temible fantasma, que le espera al salir del jardín; liberar el aire vibrado de un violín para el fatigado, para el que respira afanosamente mientras corre en pos de no se sabe qué utopía. Esa era la actividad diaria de aquella mujer, esa era su forma de dar limosna en el parque.

—¿Eres de muy lejos? —le pregunté.

—No. De aquí cerquita: de Rumanía —y señaló su propio corazón con el arco del violín.

 

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