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La caminata

José Luis Cano Clares

Del sabor agridulce

Los pisos están algo añejos pero son amplios y sobre todo muy bien situados, con grandes terrazas sobre el mar. Los edificios tienen empaque, no como los últimos que se han construido, enormes también pero con otra pinta, más pequeños y para un grupo de gente más popular, vamos, nueva o distinta de aquellos fundadores, que miran con cierto desdén a estos advenedizos que se han incorporado a esta comunidad selecta. Que llegaron en su juventud y ahora son gente mayor. Pronto llegará el relevo generacional y los hijos venderán seguramente las casas de veraneo de sus padres a ingleses o alemanes que son los que buscan ahora casas por la costa, por esta costa masificada de bloques y viviendas adosadas formando una barrera de ladrillo.

Quienes disponen de barco no suelen ir a la playa. Sobre la arena, una serie de hileras de sombrillas multicolores, bajo las que se acomoda la gente mirando hacia el mar, por cuya orilla se observa de continuo un desfile incesante de personas que caminan de un extremo a otro de la playa. Es bueno para la circulación y el aburrimiento. De arriba abajo, temprano desfilan por parejas señoras entradas en años, señores de abdomen abultado y alguna que otra muchacha joven que destaca entre esa exhibición de carnes ajadas. También alguna pareja juega a las palas y niños corriendo o revolcándose por la arena. Son los que más disfrutan de esto, por ellos dicen sus madres que alquilan los apartamentos. Realmente pienso que son los únicos que disfrutan realmente de estos veraneos tediosos y repetitivos que pasamos los demás. Sobre todo los niños pequeños, que acaban rendidos al terminar la jornada después de corretear por la pradera a sus anchas. Antes de que la costa se urbanizara, en lugares como este había mundos por descubrir desde los pequeños poblados tradicionales a los que iba a veranear muy poca gente; naturaleza abierta, calas escondidas y soledad en este lugar. Estos niños de ahora no van a conocer otra cosa que esta pradera artificial en la que juegan por las tardes, la otra más alejada en la que se celebran los botelleos y esa playa a la que les llevan por las mañanas en la que todos los años reponen la arena.

“El otro día regresaron aparentemente escandalizadas. Habían encontrado a un señor de su pueblo en pelota picada, y el hombre educadamente las saludó como si cualquier cosa”

De las cosas que están de moda es lo de andar, porque sí, porque adelgaza o por lo menos no engorda ni es pecado. Así, es fácil ver en el paseo de la ciudad, en la playa o en las urbanizaciones, grupos de personas vestidos con ropa deportiva que caminan durante alguna hora, mientras charlan y charlan. Es sorprendente la facilidad que tiene la mujer para convertir en conversación cualquier asunto, por lo que estas caminatas suelen estar llenas de conversaciones sobre todo el mundo, especialmente sobre los que no caminan con ellas. Llama la atención la falta de pudor con que tratan sus experiencias conyugales y el interés que tienen por conocer cosas de otros. Todo lo comentan. Un grupo de estas señoras peripatéticas estaban un día hablando de lo que en otro tiempo se consideraban aberraciones sexuales, que practicaban los franceses, los griegos o gentes poco cristianas. Habían hecho como un fórum sobre el particular y unas decían los nombres y las otras interpretaban lo que era, juegos nada inocentes que ellas hacen. En eso les surgió la duda de qué era exactamente eso del francés, y una de ellas llamó a su marido a preguntárselo. ¿Con quién estás?, le respondió él.

Dale que te pego, un grupo de estas señoras acostumbra a caminar por la playa; les gusta para ello una alejada dentro de un paraje natural, aislado de casas de veraneo y de urbanizaciones. Un paraje singular y adecuado, tanto que también lo ha elegido otra clase de gente. Allí acuden también los nudistas, y cabe, digo cabe, la posibilidad de encontrar hombres desnudos tomando el sol o en actitudes indecorosas. El otro día regresaron aparentemente escandalizadas. Habían encontrado a un señor de su pueblo en pelota picada, y el hombre educadamente las saludó como si cualquier cosa. Bueno, la cosa fue muy comentada, sobre todo entre los maridos, cuando la más imprudente de ellas se lo contó, que fue en la primera ocasión que tuvo. Al hombre la cosa le dio mal rollo y le dio por irritarse contra ese tío marrano. Estaba dispuesto a ir en busca de su mujer y bajarse los pantalones para que pudiera comparar. Otro de los maridos les sugirió que caminaran por la misma playa pero en la otra dirección, en la que no hay gente desnuda, sugiriéndoles que iban por lo que todos pensamos. Pero ellas dicen que no, que la arena en este tramo no tiene el mismo pisar. Son tozudas y tienen sus preferencias.

     

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