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Suicidas

José Luis Cano Clares

Anteanoche una furgoneta asesina continuaba en Londres la labor de exterminar viandantes, gentes anónimas a la que acometen con saña otros desconocidos. Aspirantes a un martirio difícil de explicar o comprender, martirizan a su vez a gentes corrientes, inocentes o al menos ajenas a los agravios que motivan esta reacción asesina, seres comunes cuyo destino los llevó en ese momento a caminar por cualquier razón por una calle en la que les esperaban el terror y la muerte. Esa muerte sin sentido para las víctimas, y de la que esperan unos u otros ser redimidos o rescatados, a veces en plena juventud, de una existencia ingrata. Como rechazo al mundo donde nos ha tocado vivir. Cuesta entenderlo: a la gloria como recompensa de un acto bárbaro. La muerte como solución está en la base del suicidio, que por lo general se lleva a cabo contra alguien o algo. Debe ser público y como es habitual publicitado para que surta el efecto deseado.

En otros países los buenos descargan a diario sobre lo primero que pillan, repitiéndose el esquema: desconocidos matan a otros seres sin rostro, gentes anónimas a los que a su vez acosan y expulsan de su mundo otros intransigentes. Vidas atrapadas entre dos clases de locura, que ya no son solo cosa del calor, sino que se manifiesta todo el año. Mientras, en cualquier campo cercano un hombre, por una disputa sobre lindes de tierras, mata al vecino con una escopeta de caza sustitutiva del tradicional legonazo, lo que es frecuente que suceda en el agro. En ese secarral donde otros desesperados bajo un sol de justicia recolectan hortalizas, lugares donde los suicidas se arrojan a los pozos o se ahorcan en el primer algarrobo que encuentran.

"El mundo se está volviendo tan extraño y agresivo que hasta los árboles, como ha sucedido en mi ciudad, descargan ramas a sus pies o siguiendo la tendencia general directamente se suicidan"

La muerte de un torero, como la del niño que soñaba con vivir, es celebrada desde esa supuesta impunidad que dan los tuits o las redes por los amigos de los animales y de las plantas, haciendo alarde de un odio semejante al de los asesinos de la furgoneta. Sin otra recompensa que la de ver en letra impresa sus exabruptos. Con frecuencia otros seres infelices apalean o asesinan a mujeres por despecho, porque era suya o simplemente porque son locos peligrosos. Otro atavismo vigente como eso de reventarse con un chaleco bomba, como camino de perfección. Estos lo hacen antes de suicidarse, lo que de llevarse a cabo de manera inversa aliviaría mucho sufrimiento.

Por las calles unos jóvenes portando banderolas agreden a los felices manifestantes del orgullo que antes era solo gay y ahora es compartido con otras realidades. Unos y otros buscan según dicen la visibilidad, unos de su manera de expresarse o divertirse y otros de darles palos como se hacía antiguamente –pobre Roque– para corregirles o para manifestar su intransigencia. El calor de estos días afecta sin duda a las cabezas, que de por sí no suelen estar buenas, como se dice y escuchamos cada vez con más frecuencia. Locuras reactivas o endógenas fuertemente arraigadas en un mundo cada vez más conservador y egoísta, que ya no se exacerban solo en primavera u otoño. Las redes sociales permiten tener amigos virtuales, exponer soflamas o insultos, sin necesidad de tener contacto físico. Autismo voluntario podríamos llamar a este esquema en el que un desconocido se relaciona así con muchos otros, a los que me temo que sus opiniones les importan un pimiento. Otros encuentran en las mascotas la compañía ideal para donde proyectar sus afectos a salvo de humanos.

El mundo se está volviendo tan extraño y agresivo que hasta los árboles, como ha sucedido en mi ciudad, como en otras ocasiones de forma natural, descargan ramas a sus pies, o siguiendo la tendencia general directamente se suicidan. Como seres vivos que son se comportan a veces de forma imprevisible. Así lo han explicado en los medios, exonerándose con tal frase de toda responsabilidad. Frase lapidaria que propongo se coloque como epitafio bajo el tronco pelado y desgarrado de lo que fue árbol totémico, emblema ciudadano, que probablemente no estaba dispuesto a continuar soportando ese calor permanente amplificado por esos materiales nobles que lo desprenden en estas noches insufribles para todos, ni tanta desatención y estupidez como observamos a diario.

 

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