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A la greña

Francisco Saura

No es mi intención echar más agua a un lugar que, no precisamente con dinero de los Comunes, se está intentando convertir en un cenagal. Tampoco entrar a casa ajena ni a ideología extraña porque en Podemos deben convivir todas las efervescencias ideológicas de izquierda, y alguien dirá que otras no tanto, de un mundo que se desmorona con la inusitada rapidez de los viajes intergalácticos. No voy a transcribir el monólogo de Roy Batty, pero probablemente en Podemos he “visto cosas que vosotros no creeríais” y espero que todos esos momentos no se perderán en el tiempo. Que se quiere que el tiempo borre lo que supuso el 11M, que el equilibrio sobre el cable de las intercrisis haga olvidar que ya no somos dueños de nuestras vidas, en todo caso mercancías de valor decreciente, o que se rehaga la confianza en los gestores que administran la ficción democrática en los mercados desregulados, no es un objetivo que se pretenda ocultar.

“Por una vez que las clases medias deciden afrontar el futuro rompiendo con sus miedos atávicos, hay gente en Podemos que reniega de la transversalidad porque aboca al vaciamiento de cierta dogmática izquierdista”

Dejo aparte en este artículo a la denominada corriente anticapitalista. No lo hago por motivo particular alguno, ni positivo ni negativo. Posiblemente sus dirigentes sean lo más representativo de un pensamiento fuerte, clásico y sin fisuras. También más moderno que el de IU aunque seguramente igual de testimonial socialmente que una organización que quiere rememorar con fuegos artificiales los cien años transcurridos desde la Revolución de Octubre (o de noviembre si utilizamos el calendario gregoriano). En realidad, quiero hablar de Pablo Iglesias y de Íñigo Errejón, de sus desencuentros reales o mediáticos y de las expectativas que el gran cambio cultural propiciado por el 11M debería haber materializado. También de que alguien debería rellenar con ideas ese espacio político abierto por el 11M si no queremos que la sociedad busque protección a su desamparo en la renuncia de las libertades individuales y colectivas conquistadas con grandes penalidades y no menos renuncias y frustraciones. También dejo aparte las reales o aparentes diferencias de los modelos organizativos que afirman defender ambas partes e incluso la abundante literatura que suele asistir a toda la liturgia de la manifestación de los desacuerdos o proyectos irreconciliables.

Partamos por constatar que la primera crisis económica global del siglo XXI ha removido los cimientos de las sociedades, de la confianza en el futuro, de la cohesión interna y de las consecuentes propuestas de respuesta ante la misma. El futuro ya no se dibuja con rasgos agradables, incluso las manchas negras y el perfil de la guadaña parecen confundirse en el horizonte temporal. La percepción de que no somos dueños de nuestros destinos y de la imposibilidad de modelarlos colectiva y democráticamente es abrumadora. Es la economía la que gobierna, es el mercado el que modula la agenda política de la dirigencia. Para el Consenso de Washington el trabajo es mercancía y su valor tiende a la insignificancia en el producto final. El trabajo es un bien escaso tendiendo a su desaparición en un futuro tampoco muy lejano. El capital financiero existe al margen de la sociedad y su única función es multiplicarse. Se supone que el desarrollo de la ciencia y la tecnología se adelantará por una cabeza a los desastres provocados por la depredación de los recursos naturales. Por lo tanto, no es posible la vuelta atrás en las reformas realizadas, no hay contrapeso, no hay péndulo. Quien lo afirme, miente. Todos las propuestas que intenten frenar o invertir la acción de los mercados autorregulados son populistas y sus defensores, en el mejor de los casos, unos embaucadores. El futuro de la gente será vivir en sociedades frías e inseguras, con trabajo precario y renta individual de subsistencia. Allí donde sea posible. Parafraseando a Yeats, “una terrible belleza ha nacido”. Esta es la narración de nuestro futuro y también la ruptura cultural con nuestro pasado político, al menos de una parte significativa de la sociedad, tal vez la más dinámica y la que sobrevivirá a la gente de mi generación. En este escenario, el PSOE es un partido en caída libre y el PP rueda ladera abajo. No sé si será posible el retorno al bipartidismo, pero si fuera posible los actores no serían los mismos.

Llegado a este punto cabe preguntarse por qué cierta gente que debería estar elaborando propuestas para revertir las reformas económicas y laborales, y el recorte de libertades públicas y privadas de la ciudadanía, decide teatralizar sus diferencias estratégicas ante los medios de comunicación, los clásicos y los modernos. Seguro que Pablo Iglesias e Iñigo Errejón saben que de alguna manera hay que salir del capitalismo y que las características de esa salida no pueden guardar relación con las intentadas en siglos anteriores. Es sabido también que la revolución de octubre no fue un fallido experimento para salir del capitalismo sino una sustitución en la posesión de los medios de producción. También que las sociedades en desarrollo o industrializadas de los siglos XIX y XX no tienen nada que ver con las actuales. Ni su composición social, ni el grado de dominación sobre unas u otras clases sociales, ni el revestimiento cultural o de simple diversión. En realidad solo existe hegemonía social en la inquietud ante el futuro. Que las generaciones mejor preparadas de la historia vivan esa inquietud física e intelectualmente, debería ser entendido como una ventana de oportunidades para un cambio real de una sociedad que nunca llegó siquiera a los arrabales de un pleno Estado del Bienestar antes de que se iniciara su demolición. En perspectiva, España nunca llegó a ser una democracia europea. El franquismo y el candado impuesto por el Régimen del 78 a determinadas reformas lo impidió. Resulta también curioso observar cómo por una vez que las clases medias deciden afrontar el futuro rompiendo con sus miedos atávicos, hay gente en Podemos que reniega de la transversalidad porque aboca al vaciamiento de cierta dogmática izquierdista.

Posiblemente Pablo Iglesias e Íñigo Errejón hayan decidido que no merece la pena escudriñar en el presente lo que nos depara el futuro. Si lo hubieran hecho andarían más preocupados que a la greña porque lo que no se desea une. Todo lo demás importa poco a una sociedad que asiste impotente al despliegue de la cola de pavo real de los mercados autorregulados. Inseguridad, alienación, frialdad social, velocidad, extenuación, imprevisibilidad, pobreza…

 

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